Elogio de la Locura
Por Erasmo de Rotterdam
(escrito en 1511
, pero parece intemporal no?)

I Aunque los mortales hablen mucho de mí, sin embargo, no soy tan necia como a menudo oigo decir a algunos que son locos en grado sumo, pues sólo yo, yo sola, puedo regocijar a los dioses y a los hombres, y si de ello necesitáis una prueba incontrovertible, observad que, con sólo verme dispuesta a tomar la palabra ante esta numerosa asamblea, todos vuestros semblantes reflejaron de pronto una nueva e insólita alegría, de súbito desarrugásteis el entrecejo y me acogisteis con francas y amables risas, mientras veo también que en torno a mí hay muchos que antes se hallaban tristes y acongojados, casi como si acabaran de salir del antro de Trofonio, y ahora se tambalean como los dioses de Homero, ebrios de néctar y de nepenta.

Del mismo modo que cuando el sol de la ma~ana muestra a la tierra su hermoso y áureo rostro, o cuando tras un riguroso invierno vuelve la primavera y con ella sopla el tibio y ligero Céfiro, todas las cosas adquieren una nueva faz, nuevo color y nueva juventud, así vosotros, al verme, tenéis otra cara muy distinta. Pues con sólo mi presencia he conseguido lo que con gran dificultad consiguen los más hábiles oradores con esos largos discursos cuidadosamente estudiados, que raras veces logran divertir a los oyentes.

II Si queréis saber por qué comparezco hoy ante vosotros con solemnidad tan inusitada, os lo diré si no encontráis enojosas mis palabras y me prestáis oídos, pero no aquellos de que os servís para escuchar a los oradores sagrados, sino los que se prestan a los charlatanes, bufones y juglares, o mejor las orejas que en otro tiempo nuestro rey Midas exhibía ante el dios Pan.
(...)

III Porque debo deciros que no considero sabios a los que predicen que es sumamente loco e insolente el que se alaba a sí mismo. Sea en hora buena todo lo loco que se quiera, con tal de que se reconozca que es honroso el serlo. En efecto, ¿hay nada más lógico que el que la propia Locura sea pregonera de sus méritos y su propio flautista? ¿Quién podrá darme a conocer mejor que yo, a no ser que pretenda conocerme mejor todavía de lo que yo me conozco?
(...)
En resumen, me atengo a aquel trillado proverbio que dice que es justo alabarse a sí mismo cuando uno no tiene nadie que le alabe.
(...)

IV No consideréis en modo alguno que mis palabras son afectadas y ostentación del ingenio, como ocurre entre el vulgo de los oradores. Pues éstos, en nuestros tiempos, ofrecen una oración elaborada durante treinta a~os, y algunas veces ajena, y no obstante aseguran que, casi como un juego, la han escrito o dictado en tres días. A mí siempre me resultó muy grato decir de pronto cuanto se me viniera a la boca. Por tanto, nadie espere que, imitando a esos vulgares retóricos, dé la definición de mí misma; mucho menos puedo dar la división de la materia. No sería entrar con buen pie si empezara circunscribiendo en mezquinos límites aquello cuyo poder aparece tan extenso, o dividiendo lo que une en su culto a todo ser humano. Por lo demás, ¿a qué conduciría que tratara de definirme y representar mi imagen, si reputárais que ésta no es más que una sombra de mí misma, teniéndome como me tenéis delante de los ojos? Yo soy, pues, como veis, aquella verdadera dispensadora de bienes a la que los latinos llamaron Stultitia y los griegos Moria.

V No sé por qué hablo de todo esto, cual si no me revelara, como ya se ha dicho, en los ojos o en la frente o cual si alguien que me tomara por Minerva o por la Sabiduría no pudiera convencerse inmediatamente de su error con sólo mirarme y sin que fuera preciso oírme pronunciar palabra, puesto que el rostro es el espejo del alma. En mí no hay lugar para el enga~o, ni simulo una cosa en la frente y llevo otra en el corazón. Soy siempre idéntica a mí misma, y no pueden disimularme ni siquiera aquellos que se dan el título de personas sabias, y se pasean como monas vestidas de seda o asnos con piel de león. Por algún lugar asoman las prominentes orejas de Midas, por más que traten de ocultarlas.

Ingratos sin duda son conmigo esta clase de hombres, que a pesar de ser lo mejor de nuestra facción, se avergüenzan en público de nuestro nombre de tal manera, que muy a menudo lo arrojan a los demás como un gran insulto. Siendo estos los más locos, los morotatoi, aunque quieren que los demás les vean sabios como Tales, ¿no merecen por derecho propio que les llamemos morosofoi?

VIII Si ahora me preguntáis cuál es el lugar de mi nacimiento, ya que en la actualidad se considera como el principal timbre de nobleza el lugar en que se ha dado el primer vagido, os diré que no he nacido ni en la errática Delos, ni en el ondulado mar, ni en las grutas azuladas, sino en las mismas Islas Afortunadas, en donde todo crece espontáneamente y sin cultivo. Allí no se conocen ni el trabajo, ni la vejez, ni la enfermedad, ni en sus campos se produce asfódelo, ni malva, ni cebolla, ni altramuz, ni haba, ni otras inmundicias de este género. Allí deleitanse por doquier la vista y el olfato con la moly, la panacea, la nepenta, la mejorana, la ambrosía, el loto, la rosa, la violeta, el jacinto, todo el jardín de Adonis.

Nacida entre tales delicias, no saludé la vida con lágrimas, sino que enseguida sonreí a mi madre. Ciertamente no envidio al poderoso hijo de Cronos la cabra que le amamantó, puesto que a mí me dieron sus pechos dos encantadoras ninfas, Meté, hija de Baco, y Apedia, hija de Pan. Vedlas aquí, entre mis compa~eras y las damas de mi cortejo. Si queréis conocer los nombres de las otras que lo forman, os los diré, pero a fe mía que los oiréis en griego.

IX Ésta de tan altivo rostro y cejas fruncidas es Filautía (el Amor Propio). Ésta que veis riendo con los ojos y aplaudiendo con las manos es Colacía (la Adulación). Ésta que parece adormilada se llama Leteo (el Olvido). Ésta que se apoya sobre los codos y cruza las manos es Misoponia (la Pereza). Ésta, coronada con una guirnalda de rosas y untada de perfumes, es Hedoné (la Voluptuosidad). Ésta, de aire indeciso y errante mirada, es Anoia (la Demencia). Ésta, de nítido cutis y cuerpo gentil y bien cuidado, tiene por nombre Trifé (la Molicie). Veréis también entre ellas dos diosecillos, de los cuales uno se llama Como (Genio de los Banquetes) y el otro Morfeo (Profundo Sue~o). Así pues, con el auxilio de estos fieles servidores, todas las cosas están a mi mandato, imperando sobre los mismos emperadores.

XII No obstante, muy poco supondría haber probado que yo soy el principio y la fuente de la vida, si no probara también que cuanto bueno existe en el mundo se me debe igualmente a mí. En efecto, ¿qué sería la vida, y merecería recibir el nombre de vida, si faltara el placer? Veo que aplaudís. Ya sabía yo que ninguno de vosotros lo sospechaba, o mejor que ninguno había perdido el juicio hasta tal punto, o más bien que no fuera tan extremadamente cuerdo como para no ser de esta opinión.

Aunque los mismos estoicos desprecian el placer, sin embargo, lo disimulan sagazmente, y si bien dicen mil injurias delante de la gente, es sólo a fin de que les dejen campo libre para gozar ellos a sus anchas. Pero decidme, por Júpiter: ¿qué momento de la vida no es triste, enojoso, aburrido, molesto, si el placer, esto es, la estulticia, no a~ade su condimento? Esto lo demostró con los más autorizados testimonios que pudieran existir el nunca suficientemente alabado Sófocles, autor de aquel magnífico elogio que hizo de mí: "Cuanta menos sabiduría se tiene, más feliz se es". Pero ahora vayamos al fondo de la cuestión.

XIII En principio, ¿quién no sabe que la primera edad del hombre es la más alegre y la más grata de todas? ¿Qué es lo que vemos en los ni~os que hace que los besemos, los abracemos, los acariciemos, y nos parezca que incluso tienen la virtud de desarmar al enemigo, si no el atractivo de la estulticia, que a guisa de merced concede a los recién nacidos la prudente naturaleza, como si con algún género de satisfacción o de premio quisiera recompensar los trabajos de la crianza o hacer más llevaderos los cuidados de la educación? Y la adolescencia, que es la edad que sucede a ésta, ¡cuán placentera es a todos, cómo tiene a todos propicios su candor, con cuanta solicitud se la ayuda, con qué interés se le tiende una mano protectora! Y así pregunto: ¿de dónde procede esta gracia juvenil? ¿De dónde, si no de mí? Yo hago que los que menos saben sean también los que menos se enojen. Y si no lo creéis, ved que, cuando el adolescente crece y comienza a adquirir conocimientos, ya por la experiencia de las cosas, ya por el estudio de las ciencias, continuamente se marchita la gracia de sus formas, languidece su vivacidad, se enfría su donaire y desmaya su vigor. A medida que se aparta de mí, vive cada vez menos, hasta que llega la enojosa vejez, tan molesta para los demás como para uno mismo. Para ningún mortal sería tolerable, si yo no le echara una mano para socorrer tantas miserias, pues de igual modo que los dioses de los poetas suelen salvar a sus protegidos de la muerte con alguna metamorfosis, así yo, cuando los veo próximos al sepulcro, y en cuanto me es posible, los torno a la ni~ez. De ahí que la gente llame con propiedad a la vejez segunda infancia. Si alguien quisiera saber cómo efectúo tal transformación, no se lo ocultaré. Para ello los llevo a la fuente de nuestra ninfa Leteo, que nace en las Islas Afortunadas (la que corre por el Infierno no es más que un peque~o riachuelo), para que allí beban los largos olvidos disolviendo poco a poco los afanes, y vuelvan a la juventud.

Pero entonces se dirá que deliran y pierden el juicio. Lo admito. Pero precisamente esto es convertirse en ni~os. Pues verdaderamente, ¿qué hay más propio del ni~o que delirar y carecer de sensatez? ¿Qué hace que esa edad sea tan deleitosa, sino el no saber nada? ¿Quién no abominará y detestará, como una monstruosidad, al ni~o que razone como un hombre? Esto lo atestigua el conocido refrán del vulgo: "Odio en el ni~o la sabiduría precoz..."

¿Quién soportará la amistad o el trato de un anciano que a su gran experiencia del mundo y de las cosas uniera la plenitud de sus facultades mentales y el rigor y la penetración de sus críticas? Dejemos que esa edad delire. Por tanto, este delirio es la compensación que ofrezco a las miserias de la vejez, apartándola de las preocupaciones que atormentan al sabio. Es entonces un buen compa~ero de bebienda. No siente el tedio de la vida, que apenas tolera la edad más robusta. A veces, como el viejo Plauto, vuelven a las tres letras famosas, lo que les haría muy desgraciados si tuvieran su razón. Pero es feliz gracias a mi favor, agradable a los amigos y a la sociedad.

(...)
aunque los ni~os se divierten a costa de los viejos, éstos a su parte se divierten a costa de los ni~os: "Porque Dios siempre junta a los que se asemejan".

¿Qué hay entre ellos que les diferencia, sino la rugosidad de la piel y el número de cumplea~os celebrados? Los cabellos claros, la boca desdentada, el cuerpo débil, la apetencia de la leche, los balbuceos, la simpleza, la charla insustancial, la falta de memoria, la carencia de reflexión, todo esto, entre otras cosas, les acerca. Cuanto más se acercan las personas a la vejez, más se parecen a los ni~os, hasta que, como a éstos les ocurre, sin sufrir el cansancio de la vida, sin conocer el sentido de la muerte, emigran de la vida.

XXI
(...)
Bien sé que todo esto os parece extraordinario, pero oíd algo más extraordinario aún.

XXII Pregunto: ¿puede amar a alguien quien se odie a sí mismo? ¿Puede estar de acuerdo con otro quien no lo está consigo? ¿Puede ser agradable para los demás quien para sí mismo sea insoportable y molesto? Creo que nadie responderá afirmativamente, si no es más loco que la misma Locura. Y si me excluyerais, nadie podría soportar a otro, de tal modo que cada cual se apestaría a sí mismo, de sí mismo sentiría asco y a sí mismo se odiaría. La naturaleza, que a menudo es más madrastra que madre, se complace en atormentar a los hombres, sobre todo a los poco avisados, inspirándoles el afán de despreciar lo suyo y de admirar lo ajeno. Esto hace que todas las disposiciones, todos los primores y todas las gracias de la vida se malogren y perezcan. ¿De qué serviría la belleza, supremo don de los dioses inmortales, si se contaminara con la mancha de la melancolía? ¿De qué la juventud, si se corrompiera con la levadura de la tristeza senil? Y ya que la belleza debe ser reputada como el principio esencial del arte, así como de todos nuestros actos, ¿qué es lo que el hombre conseguiría efectuar bellamente, bien para sí, bien para los demás, si no le tendiera su mano Filautía, que es mi hermana, puesto que en todas partes colabora conmigo? ¿Hay algo más loco que gustarse a sí mismo, admirarse a sí mismo? Y no obstante, ¿qué gentileza, qué gracia, qué dignidad tendría lo que hicieras, si no estuvieras satisfecho de ti mismo? Quitad esta sal de la vida, y de inmediato el orador se enfriará en su acción, ningún músico emocionará con sus cadencias, el cómico será silbado en su representación, se reirán del poeta y sus Musas, el pintor y su arte serán desde~ados, el médico con todas sus drogas se morirá de hambre. Por último, veremos convertidos a Nireo en Tersites, a Faón en Néstor, a Minerva en cerdo, al locuaz en balbuciente, al ciudadano en rústico. Tan necesario es que cada cual se lisonjee a sí mismo y se procure su propia estimación antes de que pueda ser estimado por los demás. Por otra parte, como la primera condición de la felicidad es que cada cual esté satisfecho de ser lo que es, sin duda Filautía da para ello grandes facilidades y abrevia el camino, pues logra que nadie tenga queja de su propia belleza, ni de su ingenio, ni de su progenie, ni de su estado, ni de su conducta, ni de su patria, hasta el punto de que el irlandés no querría cambiarse por el italiano, ni el tracio por el ateniense, ni el escita por el nacido en las Islas Afortunadas. Y ¡oh singular solicitud de la naturaleza, que en tanta variedad de cosas todo lo iguala! Cuando niega al hombre alguno de sus favores, a ése suele concederle Filautía mayor parte de los suyos, aunque al hablar así lo hago como loca, pues sus dones son los mayores que se pueda desear. Diré además que no sería posible ninguna egregia empresa sin la acción de mi estímulo, ni ninguna excelente perfección de la que yo no sea la creadora.

XXVII
(...)
porque la vida entera del hombre no es otra cosa que un juego de locos.


(Y en esa linea continua hablandonos la Locura hasta llegar al capitulo LXVIII.
A quien le haya gustado y no pueda quedarse con la miel en los labios, que se vaya a una biblioteca y se lea el libro
Pagina PRINCIPAL
ElPunki