|
ANTI-TODO
Eskorbuto |
|
LA MALA REPUTACION
Georges Brassanes, interpretada por Paco Iba~ez |
|
INADAPTADOS
Cicatriz |
|
EN CASA ME LLAMAN LOCO
Por SUBTERRANEAN KIDS |
|
A VOSOTROS
Por ANTI/DOGMATIKSS. |
|
CANTAME UNA CANCION
Por Eskorbuto. |
|
Esquizofrenia: una enfermedad inexistente
por Lawrence Stevens, J.D. Traducido por César Tort, Ciudad de México, México |
La palabra "esquizofrenia" suena a un deslumbrante término científico que nos parece inherentemente creíble. En su libro Moléculas de la mente: la nueva ciencia de la sicología molecular, Jon Franklin, profesor de la Universidad de Maryland, le llama a la esquizofrenia y a la depresión "las dos formas básicas de enfermedad mental" (Dell Publishing Co., 1987, p. 119). De acuerdo con el artículo de portada de la revista Time (6 julio 1992), la esquizofrenia es "la más diabólica de las enfermedades mentales" (p. 53). Ese artículo a~ade: "Una cuarta parte de las camas de hospitales están ocupadas por pacientes de esquizofrenia" (p. 55). Libros y artículos como éstos y los hechos a los que se refieren (como la estadística de las camas de hospital) enga~an a la mayoría de la gente para que crean que realmente existe una enfermedad llamada esquizofrenia. La esquizofrenia es uno de los grandes mitos de nuestra época.
En su libro Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la siquiatría, el Dr. Thomas Szasz dice: "En resumen, no existe tal cosa como la esquizofrenia" (Syracuse University Press, 1988, p. 191). En el epílogo de su libro Esquizofrenia: ¿diagnóstico médico o veredicto moral? el Dr. Theodore Sarbin, profesor de sicología en la Universidad de California en Santa Cruz (quien pasó tres a~os trabajando en hospitales) y el Dr. James Mancuso, profesor de sicología en la Universidad del Estado de Nueva York en Albany, dicen: "Hemos llegado al final del camino. Entre otras cosas, hemos tratado de establecer que al modelo de esquizofrenia sobre conducta indeseable le falta credibilidad. El examen nos hace concluir ineludiblemente que la esquizofrenia es un mito" (Pergamon Press, 1980, p. 221). En su libro Contra las terapias publicado en 1988, el Dr. Jeffrey Masson dice: "Ya existe conciencia sobre los peligros inherentes de etiquetar a alguien con una categoría de enfermedad como esquizofrenia, y mucha gente está comenzando a entender que no existe tal entidad" (Atheneum, p. 2). En lugar de ser una enfermedad auténtica, la llamada esquizofrenia es una categoría no específica que incluye casi todo lo que un ser humano puede hacer, pensar o sentir que desagrada mucho a otra gente (o a los que la "padecen"). De hecho, existen pocas "enfermedades mentales" que en un tiempo u otro no han sido llamadas "esquizofrenia". Debido a que éste es un término que cubre casi todo lo que una persona puede pensar o hacer que molesta mucho a otros, es difícil definirla objetivamente. En general, las definiciones de esquizofrenia son vagas o inconsistentes entre sí. Por ejemplo, cuando le pregunté a un asistente del superintendente de un manicomio estatal que me definiera el término esquizofrenia, con toda seriedad respondió: "Personalidad dividida, ésa es la definición más popular". Pero si buscamos en otro lado, por ejemplo en un folleto publicado por la Alianza Nacional sobre Enfermos Mentales titulado ¿Qué es la esquizofrenia?, éste dice: "La esquizofrenia no es personalidad dividida". Asimismo, en su libro Es-qui-zo-fre-nia: hablemos claro a la familia y a los amigos, publicado en 1985, Maryellen Walsh dice: "La esquizofrenia es una de las enfermedades más malentendidas del planeta. La mayoría de la gente cree que significa tener una personalidad dividida, pero están equivocados. La esquizofrenia no es que la personalidad se fragmente en múltiples partes" (Warner Books, p. 41). La segunda edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-II) de la Asociación Psiquiátrica Americana, publicado en 1968, define la esquizofrenia como "disturbios característicos del pensamiento, humor o conducta" (p. 33). Esa definición presenta la dificultad de ser tan genérica que se le podría atribuir a casi cualquier cosa que a la gente le desagrade o que considere anormal, por ejemplo, cualquier llamada enfermedad mental encuadra en tal definición. En el prólogo al DSM-III, el Dr. Ernest Gruenberg, director del Comité de la Asociación Psiquiátrica Americana sobre Nomenclatura, dijo: "Consideremos, por ejemplo, el trastorno mental llamado ‘esquizofrenia’... Incluso si el comité se lo hubiera propuesto, no habría podido estar de acuerdo acerca de qué es el trastorno" (p. ix). La tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, publicada en 1980 y comúnmente denominada DSM-III, también fue sincera sobre la vaguedad del término: "Los límites del concepto esquizofrenia no son claros" (p. 181). La revisión publicada en 1987, DSM-IIIR, contiene una declaración similar: "Debe notarse que no hay característica alguna que esté invariable o exclusivamente presente en la esquizofrenia" (p. 188). DSM-IIIR también dice lo mismo de un diagnóstico similar: "El término ‘trastorno esquizo-afectivo’ se ha usado de diversas maneras desde que se introdujo como una subcategoría de la esquizofrenia, y representa uno de los conceptos más confusos y controversiales en la nosología siquiátrica" (p. 208).
En el clima intelectual de hoy día, donde se cree que la enfermedad mental tiene causas biológicas o químicas, es especialmente instructivo lo que el DSM-IIIR dice acerca de las causas físicas del concepto esquizofrenia. El manual dice que el diagnóstico de tal enfermedad "se hace solamente cuando no puede establecerse que un factor orgánico inició y mantuvo la alteración" (p. 187). Subrayando esta definición de "esquizofrenia" como no biológica está la edición de 1987 del Manual Merck de diagnóstico y terapia, que dice que un diagnóstico de esquizofrenia se hace sólo cuando la conducta en cuestión "no se debe a un trastorno mental orgánico" (p. 1532).
En contraste con esta declaración se encuentra la del siquiatra Fuller Torrey en su libro Sobreviviendo a la esquizofrenia: un manual para la familia, publicado en 1988. Torrey dice: "La esquizofrenia es una enfermedad del cerebro, ahora definitivamente conocida como tal" (Harper & Row, p. 5). Desde luego, si la esquizofrenia es una enfermedad cerebral, entonces es orgánica. Sin embargo, la definición oficial de esquizofrenia sostenida y publicada por la Asociación Psiquiátrica Americana en su Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales por muchos a~os excluyó específicamente las condiciones orgánicas como causales en la definición de esquizofrenia. No fue sino hasta la publicación del DSM-IV en 1994 que se quitó tal exclusión. En Sobreviviendo a la esquizofrenia, el Dr. Torrey reconoce que lo que explica esto son "las actuales teorías sicoanalíticas y de interacción familiar sobre la esquizofrenia" (p. 149).
En el journal Nature (10 noviembre 1988), el geneticista Eric Lander de la Universidad de Harvard resumió la situación así: "Potter Stewart, el finado juez de la Suprema Corte, declaró en un caso célebre de obscenidad que, aunque no podía definir rigurosamente la pornografía, ‘Sé cuando la veo’. Los siquiatras se encuentran en una posición muy similar respecto al diagnóstico de esquizofrenia. Después de ochenta a~os de haberse acu~ado el término para describir una condición devastadora que involucra una división mental entre las funciones del pensamiento, emoción y conducta, no contamos con una definición universalmente aceptada de esquizofrenia" (p. 105).
De acuerdo al Dr. Torrey en el citado libro, la llamada esquizofrenia incluye varios y muy diversos tipos de personalidades. Están, por ejemplo, los esquizofrénicos paranoicos quienes tienen "ilusiones y/o alucinaciones" que son ya sea "persecutorias o grandiosas"; los esquizofrénicos heberfénicos, quienes tienen un padecimiento donde "las ilusiones del pensamiento generalmente están ausentes"; los esquizofrénicos catatónicos, quienes se caracterizan por "posturas, rigidez, estupor y mutismo" — en otras palabras, están sentados inmóviles —; y los esquizofrénicos simples, quienes exhiben "una falta de interés e iniciativa" como los catatónicos (aunque no tan severa) pero que a diferencia de los paranoicos, tienen "ausencia de ilusiones o alucinaciones" (p. 77). La edición de 1968, el DSM-II, indica que una persona que es muy feliz (que experimenta "júbilo prolongado") puede definirse como esquizofrénica por esta razón ("esquizofrenia esquizoafectiva tipo excitado"), pero también infeliz ("esquizofrenia esquizoafectiva tipo deprimido") (p. 35), y la edición de 1987, el DSM-IIIR, indica que una persona puede ser diagnosticada de esquizofrénico ¡porque no muestra ni felicidad ni tristeza! ("no hay signos de expresión afectiva") (p. 189), a lo que el Dr. Torrey le llama esquizofrenia simple ("emociones aplanadas") (p. 77). De acuerdo al siquiatra Jonas Robitscher en su libro Los poderes de la siquiatría, la gente que tiene ciclos de tristeza y felicidad, el llamado maniaco-depresivo ("trastorno bipolar"), también puede denominarse esquizofrénico: "Muchos casos diagnosticados de esquizofrenia en Estados Unidos serían diagnosticados como enfermedad maniaco-depresiva en Inglaterra o en Europa Occidental" (Houghton Mifflin, 1980, p. 165). De manera que los supuestos "síntomas" o características que definen la "esquizofrenia" son de verdad genéricas, y definen a la gente como teniendo una clase de esquizofrenia, tengan ilusiones o no, alucinen o no, estén inquietos o catatónicos, felices o tristes o ninguno de los dos; o que cambien cíclicamente entre felicidad y tristeza. Como ninguna causa física de la "esquizofrenia" se ha encontrado (como veremos posteriormente), esta "enfermedad" puede definirse únicamente en términos de "síntomas" que pueden llamarse ubicuos. Como dijo el abogado Bruce Ennis en su libro Prisioneros de la siquiatría: "La esquizofrenia es un término tan genérico y cubre una gama tan amplia de comportamientos que hay pocas personas que no podrían, en un tiempo u otro, ser consideradas esquizofrénicas" (Harcourt Brace, 1972, p. 22). Generalmente, a las personas obsesionadas con ciertos pensamientos o que se sienten compelidos a hacer cosas como lavarse las manos repetidamente, se les considera que padecen de una enfermedad siquiátrica llamada "trastorno de obsesión compulsiva". Sin embargo, a la gente con pensamientos obsesivos o conducta compulsiva también se les ha llamado esquizofrénicos (como lo hace el Dr. Torrey en Sobreviviendo a la esquizofrenia, pp. 115-116).
En ese libro, el Dr. Torrey concede que es imposible definir lo que la esquizofrenia es: "Se han establecido las definiciones de la mayoría de las enfermedades de la humanidad... En casi todas existe algo que puede verse o medirse, y esto puede usarse para definir la enfermedad y separarla de los estados de salud. ¡Pero no con la esquizofrenia! Hasta la fecha no tenemos tal cosa que pueda medirse o de la que podamos decir: efectivamente, esto es la esquizofrenia. Por lo mismo, la definición de esa enfermedad es fuente de gran confusión y debate" (p. 73). Lo que en lo personal me intriga es cómo reconciliar esta declaración con otra del Dr. Torrey en el mismo libro, misma que cité arriba y que completaré a continuación: "La esquizofrenia es una enfermedad del cerebro, ahora definitivamente conocida como tal. Es una verdadera entidad científica o biológica como la diabetes, la esclerosis múltiple y el cáncer son entidades científicas y biológicas" (p. 5). Pero ¿cómo puede saberse que la esquizofrenia sea una enfermedad cerebral cuando no sabemos lo que la esquizofrenia es?
La verdad es que la etiqueta esquizofrenia, como las etiquetas pornografía o enfermedad mental, indica desaprobación hacia lo que se dirige la etiqueta, y nada más. Al igual que "enfermedad mental" y "pornografía", la "esquizofrenia" no existe en el sentido que existe el cáncer y las enfermedades del corazón; más bien existe sólo en el sentido que lo bueno y lo malo existen. Como con otras llamadas enfermedades mentales, el diagnóstico de "esquizofrenia" refleja los valores del que pronuncia esa palabra o del que "diagnostica", valores sobre cómo la persona "debe ser". Y esto generalmente va unido al supuesto que el pensamiento, emociones o conducta desaprobadas resultan de una anomalía biológica. Si tomamos en cuenta las muy diversas formas en que se ha usado, es claro que la "esquizofrenia" no tiene otro significado que: "Tal conducta me desagrada". Debido a esto, pierdo algo de respeto hacia aquellos profesionales que trabajan en el campo de salud mental cuando los escucho usar la palabra esquizofrenia de manera que parece que están hablando de una enfermedad. Es como si alguien a quien tenía por intelectualmente íntegro le escucho decir que admira el traje nuevo del emperador. Si bien es cierto que el significado vernáculo de esquizofrenia como intrínsecamente inconsistente tiene sentido, usar el mismo término refiriéndose a una enfermedad revela que esta persona no sabe de qué está hablando.
Cierto, muchos "profesionales" que trabajan en el campo de la salud mental y otros investigadores "científicos" persisten en creer que la esquizofrenia es una enfermedad real. Son como el gentío que observaba el traje nuevo del emperador incapaces de reconocer la verdad porque los demás decían que el traje era real. Como se puede observar en Index, un directorio de revistas para médicos, el mito de la esquizofrenia se ha difundido mucho; y como estos "científicos" creen que es real, entonces tratan de buscar causas físicas de la esquizofrenia. Como dijo el siquiatra William Glasser en su libro Adicción publicado en 1976: "La palabra esquizofrenia suena mucho a una enfermedad respecto a la cual algunos científicos prominentes se han enga~ado a sí mismos para encontrar su curación" (Harper & Row, p. 18). ésta es una empresa tonta porque estos supuestamente prominentes científicos no pueden siquiera definir la "esquizofrenia": no saben qué están buscando.
De acuerdo a tres profesores de siquiatría de la Universidad de Stanford, "son dos las hipótesis que han dominado la búsqueda de un sustrato biológico de la esquizofrenia", la hipótesis de la transmetilación y la hipótesis de la dopamina (Jack Barchas et al., "Hipótesis aminobiogénica de la esquizofrenia" en Sicofarmacología: de la teoría a la práctica, Oxford Univ. Pr., 1977, p. 100). La primer hipótesis está basada en la idea que la "esquizofrenia" podría causarse por "una formación aberrante de los aminos metilados" similares al placer alucinógeno de la droga mescalina en el metabolismo de los llamado esquizofrénicos. Después de repasar varios intentos para confirmar esa hipótesis, concluyen: "Más de dos décadas después de la introducción de la hipótesis de la transmetilación, no se pueden sacar conclusiones acerca de su relevancia con la esquizofrenia" (p. 107).
El profesor de siquiatría de la Universidad de Columbia Jerrold Maxmen describe brevemente la segunda de las principales hipótesis de la esquizofrenia, la hipótesis de la dopamina. En su libro La nueva siquiatría publicado en 1985 dice: "Muchos siquiatras creen que la esquizofrenia tiene que ver con una actividad excesiva del sistema receptor de dopamina... Los síntomas del esquizofrénico provienen parcialmente de que los receptores sean atiborrados con dopamina" (Mentor, pp. 142 &154). Pero en un artículo de los tres profesores de Stanford mencionados, éstos dicen que "confirmación directa que la dopamina se encuentra involucrada en la esquizofrenia sigue eludiendo a los investigadores" (p. 112). En su libro de 1987 Moléculas de la mente, el profesor Jon Franklin dice: "En pocas palabras, la hipótesis de la dopamina está equivocada" (p. 114).
En el mismo libro, el profesor Franklin describe sagazmente los esfuerzos para encontrar otras causas biológicas de la llamada esquizofrenia: "Como siempre, la esquizofrenia fue la enfermedad que produjo índices. Durante los 1940s y 1950s cientos de científicos se ocuparon en un tiempo u otro a experimentar con muestras de esquizofrénicos y con sus fluidos. Probaron la conductividad de la piel, las células en cultivo, analizaron la sangre, la saliva, el sudor y miraban reflexivamente los tubos de ensayo con orina esquizofrénica. El resultado de todo esto fue una continua serie de anuncios que ésta o aquella diferencia se había encontrado. Por ejemplo, uno de los primeros investigadores afirmó haber aislado una sustancia de orina que hacía que las ara~as hicieran telara~as extravagantes. Otro grupo pensó que la sangre de los esquizofrénicos contenía un metabolito anómalo de adrenalina que causaba alucinaciones. Hubo incluso uno que propuso que la enfermedad era causada por deficiencia vitamínica. Todo esto ocasionó grandes noticias en los periódicos, mismos que anunciaban que el enigma de la esquizofrenia había, por fin, sido resuelto. Desgraciadamente, al analizar de cerca estas investigaciones ninguna resultó sólida" (p. 172).
Otros esfuerzos para probar la base biológica de la llamada esquizofrenia incluyen escaneos cerebrales de gemelos idénticos cuando sólo uno se supone que padece el mal. Si bien éstos muestran que el llamado esquizofrénico tiene un da~o cerebral que el otro no tiene, la causa de esto es que le han dado neurolépticos: unas drogas que lesionan el cerebro con el pretexto de "tratarlo" para su llamada esquizofrenia. Son estas drogas nocivas, no la llamada esquizofrenia, lo que causó el da~o cerebral. De hecho cualquier persona tratada con ese tipo de drogas sufriría esos da~os. El hacerle esto a gente excéntrica, molesta, imaginativa o trastornada lo suficientemente para llamarlos esquizofrénicos es una de las consecuencias más tristes e imperdonables del mito de la esquizofrenia.
La nueva guía Harvard de siquiatría, publicada en 1988, Dr. Seymour Kety, profesor hemérito de neurociencia en siquiatría y el Dr. Steven Matthysse, profesor asociado de sicobiología, ambos de la Escuela Médica de Harvard, dijeron: "Una lectura imparcial de la literatura reciente no nos proporciona la esperada clarificación de la hipótesis de la catecolamina, ni provee evidencia persuasiva sobre otras diferencias biológicas que pueden caracterizar los cerebros de pacientes que padecen una enfermedad mental" (Harvard Univ. Press, p. 148).
La creencia en las causas biológicas de las llamadas enfermedades mentales, incluyendo la esquizofrenia, no proviene de la ciencia sino del autoenga~o: el deseo de eludir las causas ambientales que hacen que la gente se trastorne. El perpetuo fallo de tanto esfuerzo de encontrar una causa biológica de la llamada esquizofrenia sugiere que ésta pertenece a la categoría de conductas inaceptables social y culturalmente, y no a la categoría biológica de "enfermedad" donde mucha gente la coloca conceptualmente.
EL AUTOR, Lawrence Stevens, es un abogado cuya práctica incluye representar a "pacientes" siquiátricos. Ha publicado una serie de folletos acerca de varios aspectos de la siquiatría incluyendo las drogas siquiátricas, el electroshock y la sicoterapia. Sus folletos no están registrados en las oficinas de derechos de autor. Se te invita a sacarles copias para distribuirlas a aquellos que creas que se puedan beneficiar.
|
LA CASA DE LA IMPERFECCION
Seres Vacios |
|
DE LOS COMPASIVOS
Por Nietzsche, de Así Habló Zaratustra |
Amigos míos, han llegado unas palabras de mofa hasta vuestro amigo: <<!Ved a Zaratustra! ¿No camina entre nosotros como si fuésemos animales?">>
Pero está mejor dicho así: <<¡El que conoce camina entre los hombres como entre animales que son!>>.
Mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene mejillas rojas.
¿Cómo le ha ocurrido eso? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada frecuencia?
¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, vergüenza, vergüenza - ¡ésa es la historia del hombre!
Y por ello el noble se ordena a sí mismo no causar vergüenza: se exige a sí mismo tener pudor ante todo lo que sufre.
En verdad, yo no soporto a ésos, a los misericordiosos que son bienaventurados en su compasión: les falta demasiado el pudor.
Si tengo que ser compasivo, no quiero, sin embargo, ser llamado así; y si lo soy, entonces prefiero serlo desde lejos.
Con gusto escondo también la cabeza y me marcho de allí antes de ser reconocido: ¡y así os mando obrar a vosotros, amigos míos!
¡Quiera mi destino poner siempre en mi senda a gentes sin sufrimiento, como vosotros, y a gentes con quienes me sea lícito tener en común la esperanza y la comida y la miel.
En verdad, yo he hecho sin duda esto y aquello en favor de los que sufren: pero siempre me parecía que obraba mejor cuando aprendía a alegrarme mejor.
Desde que hay hombres el hombre se ha alegrado demasiado poco: ¡tan solo esto, hermanos míos, es nuestro pecado original!
Y aprendiendo a alegrarnos mejor es como mejor nos olvidamos de hacer da~o a otros de imaginar da~os.
Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma.
Pues me he avergonzado de haber visto sufrir al que sufre, a causa de la vergüenza de él; y cuando le ayudé, ofendí duramente su orgullo.
Los grandes favores no vuelven agradecidos a los hombres, sino vengativos; y si el peque~o beneficio no es olvidado acaba convirtiéndose en un gusano roedor.
<<¡Sed reacios en el aceptar! ¡Honrad por el hecho de aceptar!>> - esto aconsejo a quienes nada tienen que regalar.
Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos. Los extra~os, en cambio, y los pobres, que ellos mismos cojan el fruto de mi árbol: eso avergüenza menos.
¡Mas a los mendigos se los debería suprimir radicalmente! En verdad, molesta el darles y molesta el no darles.
¡E igualmente a los pecadores, y a las conciencias malvadas!. Creedme, amigos míos: los remordimientos de conciencia ense~an a morder.
Lo peor, sin embargo, son los pensamientos mezquinos. ¡En verdad, es mejor haber obrado con maldad que haber pensado con mezquindad!
Es cierto que vosotros decís: <<El placer obtenido en maldades peque~as nos ahorra más de una acción malvada grande>>. Pero aquí no se debería querer ahorrar.
Como una llaga es es la acción malvada: escuece e irrita y revienta, - habla sinceramente.
<<Mira, yo soy enfermedad>> - así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad.
Mas el pensamiento mezquino es igual que el hongo: se arrastra y se agacha y no quiere estar en ninguna parte - hasta que el cuerpo entero queda podrido y mustio por los peque~os hongos.
A quien, sin embargo, está poseído por el diablo yo le digo al oído esta frase: <<¡Es mejor que cebes a tu diablo! ¡También para ti sigue habiendo una forma de grandeza!>> -
¡Ay, hermanos míos! ¡Se sabe de cada uno algo de más! Y muchos se nos vuelven transparentes, mas aun así estamos muy lejos todavía de poder penetrar a través de ellos.
Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil.
Y con quien más injustos somos no es con aquel que nos repugna, sino con quien nada en absoluto nos importa.
Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su sufrimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campa~a: así es como más útil le serás.
Y si un amigo te hace mal, di: <<Te perdono lo que me has hecho a mí; pero el que te hayas hecho eso a ti - ¡cómo podría yo perdonarlo!>>
Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión.
Debemos sujetar nuestro corazón; pues si lo dejamos ir, ¡qué pronto se nos va entonces la cabeza!
Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? ¿Y que cosa en el mundo ha provocado mas sufrimiento que las tonterías de los compasivos?
!Ay de todos aquellos que aman y no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión!
Así me dijo el demonio una vez: <<También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres>>
Y hace poco le oí decir esta frase: <<Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios>>. -
Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡de ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de se~ales del tiempo!
Mas recordad también esta frase: todo gran amor está por encima incluso de toda su compasión: pues él quiere además - ¡crear lo amado!
<<De mí mismo hago ofrecimiento a mi amor, y de mi prójimo igual que de mí>> - éste es el lenguaje de todos los creadores.
Mas todos los creadores son duros
|
AHORA YA ES DEMASIADO TARDE
Por Iosu Eskorbuto. |
|
LAS TRES TRANSFORMACIONES
Por Nietzsche, de Así Habló Zaratustra |
Os se~alo las tres transformaciones del espíritu: la del espíritu en camello, la del camello en león y la del león en ni~o. Para el espíritu fuerte, sufrido y reverente, hay muchas cosas pesadas; su fortaleza le hace apetecer cosas pesadas, e incluso las más pesadas. "¿Qué hay que sea pesado?", se pregunta el espíritu sufrido, arrodillándose como un camello, ansioso de llevar una pesada carga. "¿Qué es lo más pesado, héroes? -pregunta el espíritu sufrido- para que cargue yo con ello y se complazca mi fortaleza?"
¿No es lo más pesado humillarnos para herir nuestra soberbia? ¿O mostrar nuestra necedad para burlarnos así de nuestra sabiduría? ¿O apartarnos de nuestra causa en el momento en que triunfa? ¿Subir a las altas monta~as para tentar al tentador? ¿O alimentarnos de las bellotas y de los pastos del conocimiento y pasar hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O estar enfermos y despedir a los que vienen a consolarnos, y hacer amistad con sordos que nunca oyen lo que nosotros queremos decirles? ¿O zambullirse en unas aguas sucias, si son las aguas de la verdad, y no rehuir el contacto con las frías ranas y con los calientes sapos? ¿O amar a quienes nos desprecian y dar la mano al fantasma que trata de asustarnos?
Pues con todo esto, que es lo más pesado de todo, carga el espíritu sufrido; como el camello cargado que se interna en el desierto, también él se interna en el desierto. Pero en pleno desierto se produce la segunda transformación: la del espíritu en león ansioso de conquistar su libertad, como si fuera una presa, y ser due~o y se~or de su propio desierto. Va en busca de su último amo, decidido a enfrentarse con él, y de su último dios, ansioso de luchar con ese gran dragón y de vencerle. ¿Quién es el gran dragón al que el espíritu no quiere seguir reconociendo como su amo y su dios? "!Debes!" se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león grita: "!Quiero!" "!Debes!" le obstaculiza el paso, brillando como el oro; es un animal cubierto de escamas, en cada una de las cuales brilla el "!Debes!" con reflejos dorados. En esas escamas refulgen valores milenarios, y el más poderoso de todos los dragones proclama: "En mi cuerpo brillan todos los valores de las cosas. Todos los valores han sido ya establecidos de una vez para siempre, y yo soy todos ellos. Ningún "!Quiero!" debe seguir existiendo."
¿Por qué creéis, hermanos míos, que es preciso que el espíritu se transforme en león? ¿Por qué no basta la bestia de carga sufrida y reverente? El león no es capaz de crear nuevos valores, pero sí que puede conquistar la libertad requerida para esa nueva creación. Conquistar la libertad y una santa negativa incluso frente al deber: para eso hace falta el león. A un espíritu sufrido y reverente, arrogarse el derecho a crear nuevos valores le parece algo terrible: un robo, algo propio de animales de rapi~a. El espíritu, que en otro tiempo veneró el "!Debes!" como lo más sagrado, tiene ahora que descubrir lo que hay de enga~o y de arbitrariedad hasta en lo más sagrado para poder conquistar la libertad de su amor. Para esa conquista es necesario el león.
Y ahora, hermanos, decidme: ¿qué es capaz de hacer un ni~o que no pueda hacer un león? ¿Por qué el rapaz león tiene que transformarse en ni~o? El ni~o es inocencia, olvido, un nuevo principio, un juego, una rueda que se pone en movimiento por sí misma, un echar a andar inicial, un santo decir "sí". Para el juego de crear, hermanos, se requiere un santo decir "sí": el espíritu quiere hacer ahora su propia voluntad; al retirarse del mundo, conquista ahora su propio mundo.
Os he se~alado las tres transformaciones del espíritu: la del espíritu en camello, la del camello en león y la del león en ni~o.
Así habló Zaratustra. Hallábase por aquel entonces en la ciudad llamada La Vaca de Muchos Colores.
|
ENAJENAD@S NUM. 5
De Enajenad@s |
|
|
|
Enajenad@s 5
Nada hemos aprendido. Nada sabemos, nada comprendemos, nada vendemos, no ayudamos, no traicionamos, y no olvidaremos. |
|
LOS LOCOS SIEMPRE ME HAN AMADO
Por Bukowski |
|
EL HOMBRE SUPERIOR (fragmentos)
Por Nietzsche, de Así Habló Zaratustra |
14 !Cuántas veces os he visto, hombres superiores, tímidos, avergonzados y torpes, como el tigre al que le ha fallado su embestida, apartándoos furtivamente! Os había salido mal una jugada. Pero ¿qué os importa eso a vosotros, jugadores de dados? ¿No habéis aprendido a jugar y a burlaros como es debido? ¿No estamos siempre sentados ante una gran mesa de burlas y juegos? Y aunque hayáis fracasado en algo grande, ¿habéis por ello fracasado vosotros? Y aunque hayáis fracasado vosotros, ¿ha fracasado por ello el hombre? Y aunque haya fracasado el hombre, ¿qué importancia tiene? !Adelante!
15 Cuanto más noble y elevado es algo, más difícilmente es de encontrar. ¿No sois todos vosotros, hombres superiores, unos fracasados? Mas !tened valor, pese a todo! !Cuántas cosas podéis hacer aún! !Aprended a reíros de vosotros mismos, como hay que reír! ¿Qué tiene, además, de extra~o el que hayáis fracasado o el que hayáis conseguido algo solamente a medias, si estáis destrozados? ¿No se agita en vosotros y os impulsa el futuro del hombre? ¿No hierve en vuestra marmita, entrechocando, lo más remoto, profundo, lo estelarmente elevado del hombre, su inmensa fuerza? ¿Qué tiene de extra~o que estalle más de una marmita? !Aprended a reíros de vosotros mismos como hay que reír! !Cuántas cosas podéis hacer aún, hombres superiores! !Y cuántas cosas se han conseguido ya! !Cómo abunda la tierra en peque~as cosas buenas, perfectas y bien logradas! Rodearos de peque~as cosas buenas y perfectas, hombres superiores. Su madurez dorada cura el corazón. Lo perfecto ense~a a abrir esperanzas.
16 ¿Cuál ha sido hasta ahora el pecado mayor, aquí en la tierra? ¿No ha sido el que alguien dijera: "!Ay de los que ahora ríen!"? ¿No encontró en la tierra motivos de risa? Pues buscó mal, porque hasta un ni~o hallaría motivos. Ese tal no amó lo suficiente; de lo contrario nos habría amado también a los que reímos. Pero nos odió y nos insultó, prometiéndonos llanto y crujir de dientes. ¿Hay que maldecir cuando no se ama? A mí me parece de mal gusto, pero así lo hizo ese incondicional. No amaba lo suficiente; de lo contrario se habría enojado menos porque no se le amase. Todo gran amor no quiere amor, sino algo más. !Alejaos de todos esos incondicionales! Son pobres gentes enfermas y mediocres, que contemplan la vida con malicia, y quieren echarle a la tierra mal de ojo. !Alejaos de todos esos incondicionales! Tienen los pies y el corazón pesados; no saben bailar. ¿Cómo iba a ser ligera la tierra para ellos?
17 Todo lo bueno alcanza su meta por caminos sinuosos. Todo lo bueno ríe; al igual que los gatos, arquea el lomo y ronronea para sus adentros ante la cercanía de la felicidad. La forma de andar revela si un individuo camina ya por su propio sendero. !Miradme andar a mí! Pero el que se aproxima a su meta avanza ya bailando. No me he convertido, por supuesto, en una estatua, ni estoy aquí plantado, rígido, insensible, pétreo, como una columna. Me gusta correr con rapidez. Y aunque en la tierra hay lodo y una densa tristeza, el que tiene los pies ligeros corre hasta por encima del fango, y baila sobre él como sobre pulido hielo. !Elevad vuestros corazones, hermanos; arriba, más arriba! !Y no os olvidéis de las piernas, mis buenos bailarines! !Levantadlas también! !O, mejor aún, tratad de ir de cabeza!
18 Yo mismo me he ce~ido esta corona de rosas, esta corona del que ríe. Yo mismo he santificado mi risa. No he encontrado hoy en día a nadie que fuera lo bastante fuerte para hacer otro tanto. Yo, Zaratustra, el bailarín, Zaratustra el ligero, el que agita sus alas para echarse a volar, haciendo se~as a todos los pájaros, dispuesto y ágil, contento de su ligereza. Yo, Zaratustra, el que predica la verdad, el que ríe de verdad, el que no es impaciente ni incondicional, el que gusta de saltar y de hacer piruetas: !yo mismo me he ce~ido esta corona!
19 !Elevad vuestros corazones, hermanos; arriba, más arriba! !Y no os olvidéis de las piernas, mis buenos bailarines! !Levantadlas también! !O, mejor aún, tratad de ir de cabeza! También hay en el campo de la felicidad animales pesados, cojos de nacimiento. Es curioso ver cómo se esfuerzan, igual que un elefante que tratara de sostenerse sobre su propia cabeza. Pero más vale estar loco de felicidad que loco de dolor; vale más bailar torpemente que andar cojeando. Aprended de esta sabiduría mía: hasta la peor de las cosas tiene dos lados buenos. Hasta la peor de las cosas tiene dos buenas piernas para poder bailar. !Aprended, pues, de mí, hombres superiores, a manteneros rectos sobre vuestras piernas! !Rechazad las caras melancólicas y la tristeza de la plebe! !Qué tristes me resultan hasta los payasos de la plebe! Pero el presente pertenece a la plebe.
20 Haced como el viento cuando sale de sus cuevas en el monte, tratando de bailar al son de su propio silbido, y haciendo temblar al mar y agitarse a su paso. !Bendito sea el que da alas a los asnos y orde~a a las leonas, ese espíritu bondadoso e indómito, que viene como un viento huracanado para todo presente y para toda plebe! !Bendito sea el enemigo de las cabezas resecas y espinosas, de las hojas mustias y de los abrojos, ese salvaje espíritu de la tempestad, bondadoso y libre, que baila sobre el pantano y sobre la aflicción como si fueran prados! !Bendito sea el que odia a los tísicos perros de la mediocridad y a toda esa ralea fracasada y sombría, ese espíritu de todos los espíritus libres, la tempestad que ríe mientras arroja polvo en los ojos de todo pesimista y todo ulcerado! Lo peor de vosotros, hombres superiores, es que no habéis aprendido a bailar como hay que hacerlo: por encima de vuestras cabezas. ¿Qué importa que hayáis fracasado? !Cuántas cosas son posibles aún! !Aprended a reíros de vosotros, sin importaros nada! !Elevad vuestros corazones, mis buenos bailarines: arriba, más arriba! !Y no olvidéis la risa a carcajadas! !Os arrojo, hermanos, esta corona que se ci~e sobre el que ríe, esta corona de rosas! !Yo he santificado la risa! !Hombres superiores, aprended a reír!
|
LAS MULTITUDES SOIS UN ESTORBO Eskorbuto |
|
EL PESO FORMIDABLE
Por Nietzsche, de La Gaya Ciencia |
¿Qué sucedería si de día o de noche te siguiese un demonio a la más apartada de tus soledades y te dijese: "Esta vida, tal como tú la ves actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla una vez más, y una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente grande y lo infinitamente peque~o de tu vida, vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y el mismo orden, y también esa ara~a y este claro de luna entre los árboles, y también este instante, y yo mismo. !La eterna clepsidra de la existencia dará vueltas incesantemente, y tú con ella, polvo del polvo!".
¿No te arrojarías contra la tierra rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así hablase? ¿O bien has vivido ya el instante prodigioso en que le contestarías: "!Tú eres un dios, y jamás he oído palabras tan divinas!"? Si este pensamiento tomase fuerza en ti, tal como eres, te transformaría quizá, pero quizá te anonadaría también; la cuestión "quieres esto una vez más y un número infinito de veces" pesaría sobre todas tus acciones de una manera formidable. !Cuánto tendrías entonces que amar la vida y amarte a ti mismo para no "desear otra cosa", sino esta suprema y eterna confirmación!"
|
LA COARTADA
Por Fernando Díaz-Plaja, sacado de su libro de relatos cortos Cuentos Crueles |
La noche es la reveladora de secretos. Cuanto más oscuro es el ambiente al otro lado de la ventana, más claro se ve el interior de uno. Hay silencio en la calle y tumulto en el alma. Todos los recuerdos, todos los temores, todos los sue~os, se agolpan en la conciencia pidiendo derecho de prioridad.
La noche es el momento de las confesiones. Froilán empezó la suya cuando sonaban las once y media. La había empezado a pluma, pero pasó a la máquina de escribir. Quería que todas las letras estuviesen claras, visibles, directamente expuestas al lector al que se destinaban. Quería, además, que la confesión tuviese un sentido de sinceridad total, sin correcciones ni enmiendas. No tenía que caber ninguna duda sobre lo que quería decir.
"Se~or juez. En realidad no debería escribirle a usted, porque esta vez no se trata de un suicidio y el 'no se culpe a nadie de mi muerte' es una frase que yo podría cambiar cómodamente diciendo que debe culparse a todo el mundo de mi fallecimiento. Todos han contribuido con sus gestos, con sus modales, con sus negocios, con sus gritos o con sus silencios a apurar mi estancia en este mundo. Pero mi muerte no tiene causas morales; por tanto, no acuso concretamente más que a la infección que, según la ciencia médica, devora mis pulmones dejándome unas semanas de vida para arreglar mis asuntos.
Cuando el médico me comunicó el resultado de análisis y radiografías ensalzó la forma en que yo acogía la noticia de mi próxima muerte. Dijo que él era partidario de contar al paciente toda la verdad, a pesar de que muchos de sus colegas opinasen lo contrario. Aseguró que esa falsa compasión había producido muchas desgraciadas familias que se encontraron con que el jefe de ella se había marchado de este mundo, dejándolo todo pendiente de solución. Por otra parte, dejaba al enfermo en la ignorancia de que muy pronto iba a verse frente al Supremo Juez. Mi actitud, al parecer, le confortó en sus teorías. Dijo que mi conformidad y mi estoicismo mostraban bien a las claras mi temple de cristiano y de hombre de bien.
El médico, se~or juez, analizó mi cuerpo con más cuidado que mi alma. La verdad es que yo puedo ser un estoico, que es doctrina pagana, pero no un cristiano al uso. Dicho de otra manera, mi indiferencia ante la noticia de mi próxima muerte no procedía de la seguridad que tenía de la vida eterna sino, por el contrario, del convencimiento de que ésta no existe. Son conclusiones a las que he llegado hace ya mucho tiempo y que no son conocidas por mis amigos ni por la poca familia que me queda -soy soltero, se~or juez- porque no tengo interés en cambiar las ideas ajenas aun cuando esté convencido de que las mías son mejores. No puedo negarle, sin embargo, que quedé muy contento de mí mismo al comprobar que la brusca noticia de mi próximo fallecimiento, el anuncio de que muy pronto iba a poder confrontar mis teorías con la Realidad Total, no me desanimaron ni hicieron cambiar mis planes. Sé que muchos filósofos de reconocida solvencia dudaron al acercarse ese momento y se retractaron de sus creencias; unos completamente convencidos de su error primitivo y otros con una vaga sensación de 'por si acaso'. Yo, que no he gritado tanto como ellos en el pasado ni he publicado lo que pensaba, tengo sin embargo la satisfacción de asegurar mi fidelidad a un sistema que puede resultar -no lo niego- totalmente falso, con todas las consecuencias que esto trae consigo.
Estoy seguro, se~or juez, que usted se está preguntando para qué le cuento estas cosas si no habrá muerte violenta en mi caso. Pero la verdad es que sí la habrá, se~or juez, mejor dicho, sí la ha habido. y como no quiero que culpen a un inocente, le escribo esta carta, que sólo llegará a sus manos después de mi fallecimiento, es decir, cuando usted ya no pueda hacerme nada.
Porque la verdad es que yo, que no he temido jamás a la justicia eterna, he tenido siempre un gran respeto, mejor, temor, a la justicia humana. La toga, la estatua de la se~ora vendada con su balanza, el uniforme del policía, me han producido siempre una leve sensación de angustia y he cruzado más de una calle para evitar el contacto con cualquiera de los seres humanos conectados con la difícil tarea de hacernos más buenos o, al menos, procurar que no seamos tan malos. No, se~or juez, no se apresure a pedir informaciones al registro de antecedentes penales. No encontrará mi nombre en relación con ningún crimen. Yo no temía a la justicia por lo que había hecho, sino por lo que pensaba, mejor, por lo que deseaba hacer en el fondo de mi alma. Yo era -lo he sido por muchos a~os- un asesino, pero usted, se~or juez, no podía mandarme a la cárcel o al patíbulo, porque yo guardaba mi odio y el nombre de mi víctima dentro de mí y nadie supo nunca que en mi corazón había dos nombres: uno, el de alguien asesinado; el otro, el mío, el de su matador. Nadie lo sabía y quizá nunca nadie lo hubiera sabido, porque yo, se lo he dicho antes, le temo mucho a usted, y a su grupo de vigilantes mantenedores del orden. Yo no quería imaginarme delante de usted confesando mi delito, ni me alegraba la idea de una celda que ocupar durante a~os y aunque la muerte no me importaba demasiado, el llegar a ella por el camino del cadalso me impresionaba lo bastante para no soltar al tigre que llevo conmigo desde hace a~os.
He odiado a un hombre durante muchos a~os, se~or juez. Estoy enfermo de ese odio. Es muy posible que, cuando se engarfió en mis entra~as, cambiara su nombre por el de cáncer. Sea ésta la causa o el efecto, es una aversión que nació hace mucho tiempo y me ha acompa~ado siempre. ¿Las razones, se~or juez? ¿Me pregunta usted las razones de este odio? No puedo decírselas. No es que no las haya; me ha causado muchos perjuicios en la vida, me quitó una novia, se me adelantó en un negocio que yo tenía en miras, pero otros me han hecho cosas peores sin merecer de mí más que un par de maldiciones y un encogimiento de hombros. No, se~or juez. El odio, ha dicho alguien, es igual de irresponsable que el amor. Uno se enodia como uno se enamora, sin motivos lógicos o naturales. ¿Hay una aversión a primera vista, como en el amor? Esa fue la mía desde que le conocí. Siempre deseé matarlo y nunca lo hubiera hecho para no verle a usted encaramado en su tarima -qué buena idea para impresionar a la gente. Son ustedes un poco como Júpiter en el Olimpo, ¿verdad?-, dirigiéndose a mí en tono oficial. Me repele el tono oficial, ese tono frío y circunspecto, sin blasfemias ni violencias, con que mandan ustedes a morir a un hombre.
Por eso la noticia de mi próxima muerte me liberó poniéndome a salvo de la justicia humana, la única que yo temía. Cuando me firmaron esa sentencia yo sabía que habían firmado también la suya. Le iba a matar..., pero le iba a matar cuando yo estuviese, a mi vez, tan cerca de la muerte que ésta fuese mi refugio, mi escape, ante la persecución de ustedes. Buena burla, ¿verdad?
La coartada no era fácil. El médico me dio dos meses de vida, pero casi
siempre se equivocan por más que por menos. Me hice contar todos los
detalles de la radiografía y en varias ocasiones hablé con otros
especialistas contándoles el caso como el de un primo mío. Todos
coincidieron en que tal como se presentaba el pulmón, no podía durar
más de tres meses -el máximo-, y algunos se extra~aron, incluso, de que
estuviera todavía en pie un hombre en tal estado. También me enteré de
los síntomas. Decaimiento progresivo, dejadez, abandono de programas...
Calculé hasta el máximo. Y esta tarde..., esta tarde, se~or juez, he
matado a mi enemigo. Usted tendrá ya sobre su mesa de despacho el
informe policíaco: 'Causa ignorada', dice probablemente. No creo que
me haya visto nadie, y efectivamente la causa 'era' ignorada por todo
el mundo, incluso por él. Su mirada, cuando levanté el ca~ón de la
pistola hacia sus ojos, se extravió. 'Pero ¿qué haces?... ¿Qué te he
hecho yo?'... Quizá tenía razón, quizá no me había hecho lo bastante
para considerar lógica mi acción. Pero si vamos a pensar eso ninguna
persona cree que muere con razón. Todos se creen víctimas de una
injusticia.
* * *
Se~or juez..., he estado a punto de romper lo anterior y, sin embargo, sigo; así tendré menos que contarle de palabra cuando me presente ante usted.
Me acaba de llamar el médico por teléfono. Se ha excusado de molestarme
a esta hora..., pero..., ¿se lo digo, se~or juez? Es cómico..., quizá
lo adivina ya. Efectivamente, se~or juez, el diagnóstico estaba
equivocado. Me ha dicho, balbuceando, que, afortunadamente, mi temple de
acero le hacía creer que no había da~o en la tremenda equivocación. Un
error de la enfermera. Mi radiografía y análisis no eran los que me
comunicó. !Oh!, se apresuró a decirme -como para calmar su conciencia-
que yo estaba enfermo de todas maneras, que tenía una lesión y que toda
precaución era poca para prolongar mi vida. Pero que no era cáncer...,
no sabía cómo contármelo..., resultaba incluso un poco divertido el
oírle pasar de la severa advertencia al chiste macabro sobre el 'otro',
el que, de verdad, estaba condenado a morir en dos meses.
Y ¿sabe usted quién era el otro, se~or juez?
...............
Quería contarle otra cosa..., pero hay alguien en la puerta. Cuando a estas horas se oye a alguien intentando entrar y no hace ruido, puede ser un ladrón. Pero si llama...
Han llamado. Es la policía. Buenas noches, se~or juez."
|
ELOGIO DE LA LOCURA (fragmentos)
Por Erasmo de Rotterdam |
|
MAS ALLA DEL BIEN Y DEL MAL (fragmento)
Por Nietzsche |
192
(...)
Nuestros sentidos aprenden muy tarde, y nunca del todo, a ser
órganos de conocimiento sutiles, fieles, cautelosos. A nuestro
ojo le resulta más cómodo volver a producir, en una ocasión
dada, una imagen producida ya a menudo que retener dentro de
sí los elementos divergentes y nuevos de una impresión: esto
último exige más fuerza, más "moralidad". Al oído le resulta
penoso y difícil oír algo nuevo; una música extra~a la oímos
mal. Al oir otro idioma intentamos involuntariamente dar a los
sonidos escuchados la forma de palabras que tienen para nosotros
un sonido más familiar y doméstico: así, por ejemplo, el alemán
se formó en otro tiempo, del arcubalista oído por él, la
palabra Armbrust [ballesta]. Lo nuevo encuentra hostiles y
mal dispuestos también a nuestros sentidos; y, en general, ya en los
procesos "más simples" de la sensualidad dominan afectos
tales como temor, amor, odio, incluidos los afectos pasivos de la
pereza. - Así como hoy un lector no lee en su totalidad cada una de
las palabras (y mucho menos cada una de las sílabas) de una página
- antes bien, de veinte palabras extrae al azar unas cinco y
"adivina" el sentido que presumiblemente corresponde a esas cinco
palabras -, así tampoco nosotros vemos un árbol de manera rigurosa
y total en lo que respecta a sus hojas, ramas, color, figura; nos
resulta mucho más fácil fantasear una aproximación de árbol.
Continuamos actuando así aun en medio de las vivencias más extra~as:
la mayor parte de la vivencia nos la imaginamos con la fantasía, y
resulta difícil forzarnos a no contemplar cualquier proceso
como "inventores".
Todo esto quiere decir: de raíz, desde antiguo, estamos - habituados a mentir. O para expresarlo de modo más virtuoso e hipócrita, en suma, más agradable: somos mucho más artistas de lo que sabemos. -En el curso de una conversación animada yo veo a menudo ante mí de un modo tan claro y preciso el rostro de la persona con quien hablo, según el pensamiento que ella expresa, o que yo creo haber suscitado en ella, que ese grado de claridad visual: - la finura del juego muscular y de la expresión de los ojos, por tanto, tiene que haber sido a~adida por mi imaginación. Probablemente la persona tenía un rostro completamente distinto o, incluso, no tenía ninguno.
193 Quidquid luce fuit, tenebris agit [lo que estuvo en la luz actúa en las tinieblas]: pero también a la inversa. Las vivencias que tenemos mientras so~amos, suponiendo que las tengamos a menudo, acaban por formar parte de la economía global de nuestra alma lo mismo que cualquier otra vivencia "realmente" experimentada: merced a esto somos más ricos o más pobres, sentimos una necesidad más o menos, y, por fin, en pleno día, e incluso en los instantes más joviales de nuestro espíritu despierto, somos llevados un poco en andaderas por los hábitos contraidos en nuestros sue~os.
Suponiendo que alguien haya volado a menudo en sus sue~os y, al final, tan pronto como se pone a so~ar cobra consciencia de que la fuerza y el arte de volar son privilegios suyos, y que constituyen asimismo su felicidad más propia y envidiable: ese alguien, que cree poder realizar toda especie de curvas y de ángulos con un impulso ligerísimo, que conoce el sentimiento de una cierta ligereza divina, un "hacia arriba" sin tensión ni coacción, un "hacia abajo" sin rebajamiento ni humillación - !sin pesadez! - !cómo un hombre que ha tenido tales experiencias y contraído tales hábitos en sus sue~os no va a terminar encontrando que la palabra "felicidad" tiene un color y un significado distintos, incluso para su día despierto!, ¿cómo no va a aspirar a la felicidad - de modo distinto? En comparación con aquel "volar", el "vuelo" que los poetas describen tiene que parecerle demasiado terrestre, muscular, violento, demasiado "pesado".
|
NUESTRAS VIRTUDES (fragmento)
Por Nietzsche, de Mas alla del bien y del mal |
227 La honestidad, suponiendo que ella sea nuestra virtud, de la cual no podemos desprendernos nosotros los espíritus libres - bien, nosotros queremos laborar en ella con toda malicia y con todo amor y no cansarnos de "perfeccionarnos" en nuestra virtud, que es la única que nos ha quedado: !que alguna vez su brillo se extienda, cual una dorada, azul, sarcástica luz de atardecer, sobre esta cultura envejecida y sobre su obtusa y sombría seriedad!
Y si, a pesar de todo, algún día nuestra honestidad se cansase y suspirase y estirase los miembros y nos considerase demasiado duros y quisiera ser tratada mejor, de un modo más ligero, más delicado, cual un vicio agradable: !permanezcamos duros, nosotros los últimos estoicos!, y enviemos en su ayuda todas las cosas demoníacas que aún nos quedan -nuestra náusea frente a lo burdo e impreciso, nuestro nitimur in vetitum [nos lanzamos a lo prohibido], nuestro valor de aventureros, nuestra curiosidad aleccionada y exigente, nuestra más sutil, más enmascarada, más espiritual voluntad de poder y de superación del mundo, la cual merodea y yerra ansiosa en torno a todos los reinos del futuro, - !acudamos en ayuda de nuestro "dios" con todos nuestros "demonios"!
Es probable que a causa de esto no nos reconozcan y nos confundan con otros: !qué importa! Dirán: "Su 'honestidad' - !es su demonismo, y nada más que eso!" !Qué importa! !Aun cuando tuviesen razón! ¿No han sido todos los dioses hasta ahora demonios rebautizados y declarados santos? ¿Y qué sabemos nosotros, en última instancia, de nosotros? ¿Y cómo quiere llamarse el espíritu que nos guía? (es una cuestión de nombres). ¿Y cuántos espíritus albergamos nosotros?
Nuestra honestidad, nosotros los espíritus libres, - !cuidemos de que no se convierta en nuestra vanidad, en nuestro adorno y vestido de gala, en nuestra limitación, en nuestra estupidez! Toda virtud se inclina a la estupidez, toda estupidez, a la virtud; "estúpido hasta la santidad", dícese en Rusia, -!tengamos cuidado de no acabar nosotros convirtiéndonos, por honestidad en santos y aburridos! ¿No es la vida cien veces demasiado corta - para aburrirse en ella? En la vida eterna tendríamos que creer para...
|
CANCION BESTIA (I y II)
Por Subterranean Kids |
|
SENTENCIAS E INTERLUDIOS (fragmento)
Por Nietzsche, de Mas alla del bien y del mal |
"Yo he hecho eso", dice mi memoria. Yo no puedo haber hecho eso - dice mi orgullo y permanece inflexible. Al final - la memoria cede.
Más de un pavo real oculta su cola a los ojos de todos - y a esto lo llama su orgullo.
Con nuestros principios queremos tiranizar o justificar u honrar o injuriar u ocultar nuestros hábitos: - dos hombres con principios idénticos probablemente quieren, por esto, algo radicalmente distinto.
Corazón sujeto, espíritu libre. - Cuando sujetamos con dureza nuestro corazón y lo encarcelamos, podemos dar muchas libertades a nuestro espíritu: ya lo he dicho una vez. Pero no se me cree, suponiendo que no se lo sepa ya...
De las personas muy inteligentes comenzamos a desconfiar cuando se quedan perplejas.
¿Quién, por salvar su buena reputación, no se ha sacrificado ya alguna vez a sí mismo? -
¿Cómo? ¿Un gran hombre? Yo veo siempre tan sólo al comediante de su propio ideal.
Habla el desilusionado. - "Esperaba oír un eco, y no oí más que alabanzas -"
Una vez tomada una decisión, cerrar los oídos incluso al mejor de los argumentos en contra: se~al de carácter enérgico. También, voluntad ocasional de estupidez.
"¿Quieres predisponer a alguien en favor tuyo? Fíngete desconcertado ante él -"
La náusea frente a la suciedad puede ser tan grande que nos impida limpiarnos, - "justificarnos".
Constituye una fineza el que Dios aprendiese griego cuando quiso hacerse escritor - y el que no lo aprendiese mejor.
Alegrarse de una alabanza es, en más de uno, sólo una cortesía del corazón - y cabalmente lo contrario de una vanidad del espíritu.
Quien, hallándose en la hoguera, continúa regocijándose, no triunfa sobre el dolor, sino sobre el hecho de no sentir dolor allí donde lo aguardaba. He aquí un símbolo.
Cuando tenemos que cambiar de opinión sobre alguien le hacemos pagar caro la incomodidad que con ello nos produce.
Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.
Uno busca a alguien que le ayude a dar a luz a sus pensamientos, otro, a alguien a quien poder ayudar: así es como surge una buena conversación.
Aquello que nosotros mejor hacemos, a nuestra vanidad le gustaría que la gente lo considerase precisamente como lo que más difícil de hacer nos resulta. Para explicar el origen de más de una moral.
Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.
[INCISO: hay una cancion de Vómito ke dice nunca luches contra monstruos /
conviértete en uno más / si miras fijamente al abismo / su mirada te
devorará. La canción es de su último disco A un paso de la locura.
¿Se inspirarían en esta frase de Nietzsche? Kien sabe..]
La objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la burla son indicios de salud: todo lo incondicional pertenece a la patología.
Los poetas carecen de pudor con respecto a sus vivencias: las explotan.
Sin duda mentimos con la boca; pero con la cara que ponemos al mentir continuamos diciendo la verdad.
En el elogio hay más entrometimiento que en la censura.
En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado.
Quizá nadie haya sido aún suficientemente honesto acerca de lo que es la "honestidad".
Hay una inocencia en la mentira que es se~al de que se cree con buena fe en una cosa.
Es inhumano bendecir cuando se nos ha maldecido.
"No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea a ti, eso es lo que me ha hecho estremecer." -
|
ANAKTH, LA TRAGEDIA DE UN CIELO CERRADO
Entrevista de un loco a su conciencia |
-¿Tienes miedo a la muerte?
No, no tengo miedo a la muerte
-¿Y por qué no?
Y por qué le iba a tener miedo a estar allá de donde vengo, o a la
no-vida, no-consciencia, donde probablemente he estado siempre
exceptuando estos últimos a~os
-¿Y entonces por qué te agarras tanto a la vida?
Porque la vida es consciencia, la vida es percibir, sentir, oir, ver,
olfatear, saborear; y determinadas percepciones son placenteras y
agradables, y creo que la vida es algo que vale la pena experimentar.
Es decir, que no tengo miedo a la muerte porque tengo grandes deseos
de vivir.
-¿Y si en la vida todas las percepciones fueran dolorosas y desagradables,
te suicidarías, acaso para escapar de la vida?
Mucha gente se suicida para escapar porque ha dejado de percibir sensaciones
placenteras a las que cogieron demasiado apego y sólo perciben las dolorosas,
pero al suicidarse no escapan del dolor, se escapan del no-placer, al que si
no hubieran conocido no echarían de menos y no tendrían que echar de menos ya
que no habrían tenido la oportunidad de comparar, no habría dualidad, sólo
percepción. Por lo tanto no! No me suicidaría no!
-¿Y si no existieran en la vida sensaciones placenteras ni tampoco dolorosas?
¿Entonces, qué diferencia habría entre estar vivo y no vivo?
-¿Si no tienes miedo a la muerte como dices, por qué te molestas en preguntarte
sobre ella y contestarte? ¿Si no le tuvieses miedo, no tendrías que estar por
encima de esa pregunta?
Quizás porque siempre le tuve miedo y para quitarme ese miedo escuchaba a cualquier
exaltado o payaso que me ayudara a mentirme a mí mismo con un bonito cuento, que
me ayudara a eliminar una realidad tan simple como es la muerte, y ahora haciéndome
esta pregunta y contestándomela estoy terminando de aceptar algo que nunca queremos
ver los humanos, que siempre he sabido y de alguna manera he tenido siempre claro.
-¿Y no crees que la muerte sea dramática?
En absoluto, los dramáticos son las personas y sus conceptos de mierda.
-¿Entonces tampoco crees que haya algo después de la muerte?
Si creyera, sólo estaría eso... creyendo y nada más, y creer no es saber, creer sólo
es bonito y esperanzador. Y yo no busco esperanza ni estética, busco la verdad y la
verdad para encontrarla tiene que partir de un principio tan simple como no
enga~arse a sí mismo.
-¿Y qué diferencia hay entre saber una verdad y creerla?
Pues que saber una verdad es real y creerla sólo una ilusión, algo irreal, así como
estúpido y cobarde.
-¿Entonces, tengo que entender que haya nada después de la muerte?
No creer sería tan estúpido como el creer, aunque menos cobarde y más inteligente,
pues ver nada y decir nada, es más razonable que ver nada y decir... dios o paraíso
y... etc. etc....
-¿Sin embargo crees que la muerte es la no-vida, donde estabas antes de nacer,
no es contradictorio?
No... porque no lo creo, sino más bien lo sé, pues ya he experimentado la no-vida... o
mejor dicho la he no experimentado.
-¿Y qué es la muerte?
¿La muerte? Es el fin de la vida y nada más, y el fin de la percepción de nuestros
sentidos.
-¿Y el alma?
El alma es también una creencia que muere con el cuerpo
-¿Y la energía, la continuidad, la perpetuidad de las cosas?
La energía, la continuidad, la perpetuidad de las cosas, eso es algo que me gustaría
saber, pero lo que tengo claro es que nada desaparece por arte de magia, un coche, un
motor, cualquier cosa que ha tenido vida puede morir y dejar de producir energía, pero
no desaparece y aunque los despedaces, los destruyas, los quemes, no lo puedes hacer
desaparecer, sólo puedes transformarlos... es decir... que no podemos escapar del
universo, sólo podemos dejar de percibir, de vivir, pero seguimos ahí, de alguna
manera estamos condenados a existir eternamente, a vivir eternamente.
|
LAS RUINAS CIRCULARES (relato de su libro FICCIONES)
Por Jorge Luis Borges |
And if he left off dreaming about you...
Through the Looking-Glass, VI
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la monta~a, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sue~o. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sue~o y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería so~ar un hombre: quería so~arlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y so~ar.
Al principio, los sue~os eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se so~aba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sue~o y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sue~o, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su so~ador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sue~ó como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había so~ado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sue~o débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empe~o de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sue~os es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de so~ar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que so~ó durante ese período, no reparó en los sue~os. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas licitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, so~ó con un corazón que latía.
Lo so~ó activo, caluroso, secreto, del grandor de un pu~o cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo so~ó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba; se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no so~ó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un a~o llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. So~ó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo so~aba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sue~o que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, so~ó con la estatua. La so~ó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma so~ado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el so~ador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sue~o del hombre que so~aba, el so~ado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos a~os) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sue~o. También rehízo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: "Ahora estaré con mi hijo". O, más raramente: "El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy".
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente-. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus a~os de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empa~adas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no so~aba, o so~aba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en a~os y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sue~o de otro hombre, ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entra~a por entra~a y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez, y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba so~ándolo.
|
ENTERRADO VIVO
Eskorbuto |
|
Extracto del programa de radio Los Capitulos Prohibidos De Corin Tellado
(Radio QK, Oviedo) Sacado de Enajenad@s |
El mundo del esquizofrénico, confunde en una sola experiencia lo que se mantiene cuidadosamente separado en el homo normalis. El homo normalis, bien adaptado, se compone exactamente del mismo tipo de experiencias que el esquizofrénico. La psiquiatría profunda no deja dudas al respecto. El homo normalis difiere del esquizofrénico sólo en que estas funciones están ordenadas en otra forma, es un comerciante o empleado o profesional bien adaptado, consciente de la sociedad. Durante el día, superficialmente se le ve ordenado, vive sus impulsos secundarios, perversos, cuando abandona su hogar y su oficina para visitar alguna ciudad alejada en ocasionales orgías de sadismo y promiscuidad. Esta es la capa intermedia en su existencia, clara y definitivamente separada del estrato superficial. Cree en la existencia de un poder sobrenatural personal y en su opuesto, el diablo y el infierno. (...). Homo normalis no cree en dios cuando concierta algún negocio particularmente hábil, hecho que los sacerdotes califican de pecaminoso en sus sermones dominicales. Homo normalis no cree en el diablo cuando fomenta alguna causa científica, carece de perversiones cuando es el apoyo de su familia, y olvida mujer e hijos cuando deja en libertad al diablo en un burdel.
Existen psiquiatras que refutan la veracidad de estos hechos, otros no lo refutan, pero dicen que así son las cosas, que este tipo de clara separación entre infierno diabólico y estrato social es sólo para bien, y posibilita la seguridad del funcionamiento social. Pero el auténtico creyente en el verdadero Jesús podría oponerse a esto, podría decir que el dominio del diablo debe ser aniquilado, y no dejarlo a un lado, aquí, sólo para permitirle aparecer más allá. Otra mentalidad ética podría objetar a esto, que la verdad de la virtud no se muestra en la ausencia de vicio, sino en la resistencia a las tentaciones del diablo. No deseo tomar parte en esta controversia, creo que, otra vez dentro de este marco de pensamiento y de vivir, cada uno de los bandos puede jactarse de alguna verdad. Queremos permanecer fuera de este círculo vicioso a fin de comprender al diablo tal y como aparece en la vida diaria y en el mundo del esquizofrénico.
Lo cierto es que el esquizofrénico en general es mucho más honesto que el homo normalis, si aceptamos la derechura de expresión como inicio de honestidad. Todo buen psiquiatra sabe que el esquizofrénico es honesto hasta el punto de la molestia, también es lo que comúnmente se llama profundo, es decir: está en contacto con los acontecimientos. La persona esquizofrénica ve a través de la hipocresía y no la oculta, posee una excelente aprensión de las realidades emocionales en marcado contraste con el homo normalis. Subrayo esta característica esquizofrénica, a fin de que resulte comprensible por qué el homo normalis odia tanto la mentalidad del esquizofrénico. La validez objetiva de esta superioridad del juicio esquizoideo se manifiesta en forma bien práctica. Cuando deseamos llegar a la validez de los hechos sociales estudiamos a Ibsen a Nietzsche, ambos enloquecieron, y no los escritos de algún diplomático bien adaptado o las resoluciones de los congresos del Partido Comunista. Encontramos el carácter ondulatorio y el azul de la energía orgánica en las maravillosas pinturas de Van Gogh, y no en ninguno de sus bien adaptados contemporáneos. Encontramos las características esenciales del carácter genital en los cuadros de Gauguin, y no en la pintura del homo normalis. Tanto Van Gogh como Gauguin terminaron psicóticos. Y cuando deseamos aprender algo acerca de las emociones humanas y de las experiencias humanas profundas, recurrimos como seres humanos al esquizofrénico y no al homo normalis. Ello se debe a que el primero nos dice con franqueza lo que piensa y lo que siente, mientras el homo normalis nada nos dice y nos obliga a excavar a~os enteros antes de sentirse dispuesto a mostrar su estructura interna. Por consiguiente, mi afirmación de que el esquizofrénico es más honesto que el homo normalis, parece correcta. Al parecer se trata de un estado de cosas bien tristes, debiera ser a la inversa, si el homo normalis es realmente normal como lo pretende, si sostiene que la autorrealización y la verdad son las metas más elevadas del bien individual y de la vida social, debiera ser mucho más capaz que el loco, y más dispuesto a manifestarse a sí mismo. Debe haber algo básicamente erróneo en la estructura del homo normalis, si es tan difícil obtener de él la verdad. Declarar, como lo hacen los psicoanalistas bien adaptados, que es como debe ser, porque de otra manera le sería imposible resistir el impacto de todas sus emociones, equivaldría a una completa resignación respecto al mejoramiento del destino humano.
|
LA GENEALOGIA DE LA MORAL (fragmento)
Por Nietzsche |
II-1 Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas -¿no es precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza se ha propuesto con respecto al hombre? ¿No es éste el auténtico problema del hombre?... El hecho de que tal problema se halle resuelto en gran parte tiene que parecer tanto más sorprendente a quien sepa apreciar del todo la fuerza que actúa en contra suya, la fuerza de la capacidad de olvido. Esta no es una mera vis inertiae [fuerza inercial], como creen los superficiales, sino, más bien, una activa, positiva en el sentido más riguroso del término, facultad de inhibición, a la cual hay que atribuir el que lo únicamente vivido, experimentado por nosotros, lo asumido en nosotros, penetre en nuestra consciencia, en el estado de digestión (se lo podría llamar <<asimilación anímica>>), tan poco como penetra en ella todo el multiforme proceso con el que se desarrolla nuestra nutrición del cuerpo, la denominada <<asimilacion corporal>>. Cerrar de vez en cuando las puertas y ventanas de la consciencia; no ser molestados por el ruido y la lucha con que nuestro mundo subterráneo de órganos serviciales desarrolla su colaboración y oposición; un poco de silencio, un poco de tabula rasa [tabla rasa] de la consciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo, y sobre todo para las funciones y funcionarios más nobles, para el gobernar, el prever, el predeterminar (pues nuestro organismo está estructurado de manera oligárquica) -éste es el beneficio de la activa, como hemos dicho, capacidad de olvido, una guardiana de la puerta, por así decirlo, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta: con lo cual resulta visible enseguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente. El hombre en el que ese aparato de inhibición se halla deteriorado y deja de funcionar es comparable a un dispéptico (y no sólo comparable-), ese hombre no <<digiere>> íntegramente nada... Precisamente este animal olvidadizo por necesidad, en el que el olvidar representa una fuerza, una forma de la salud vigorosa, ha criado en sí una facultad opuesta a aquélla, una memoria con cuya ayuda la capacidad de olvido queda en suspenso en algunos casos, -a saber, en los casos en que hay que hacer promesas; por tanto, no es, en modo alguno, tan sólo un pasivo no-poder-volver-a-liberarse de la impresión grabada una vez, de la que uno no se desembaraza, sino que es un activo no-querer-volver-a-liberarse, un seguir y seguir queriendo lo querido una vez, una auténtica memoria de la voluntad, de tal modo que entre el originario <<yo quiero>>, <<yo haré>> y la auténtica descarga de la voluntad, su acto, resulta lícito interponer tranquilamente un mundo de cosas, circunstancias e incluso actos de voluntad nuevos y extra~os, sin que esa larga cadena de la voluntad salte. Mas ¡cuántas cosas presupone todo esto! Para disponer así anticipadamente del futuro, ¡cuánto debe haber aprendido antes el hombre a separar el acontecimiento necesario del casual, a pensar causalmente, a ver y a anticipar lo lejano como presente, a saber establecer con seguridad lo que es fin y lo que es medio para el fin, a saber en general contar, calcular, -cuánto debe el hombre mismo, para lograr esto, haberse vuelto antes calculable, regular, necesario, poder responderse a sí mismo de su propia representación, para finalmente poder responder de sí como futuro a la manera como lo hace quien promete!
II-2 (...) el auténtico trabajo del hombre sobre sí mismo en el más largo período del género humano, todo su trabajo prehistórico, tiene aquí su sentido, su gran justificación, aunque en él residan tambien tanta dureza, tiranía, estupidez e idiotismo: con ayuda de la eticidad de la costumbre y de la camisa de fuerza social el hombre fue hecho realmente calculable. Situémonos, en cambio, al final del ingente proceso, allí donde el árbol hace madurar por fin sus frutos, allí donde la sociedad y la eticidad de la costumbre sacan a luz por fin aquello para lo cual ellas eran tan sólo el medio: encontraremos, como el fruto más maduro de su árbol, al individuo soberano, al individuo igual tan sólo a sí mismo, al individuo que ha vuelto a liberarse de la eticidad de la costumbre, al individuo autónomo, situado por encima de la eticidad (pues <<autónomo>> y <<ético>> se excluyen), en una palabra, encontraremos al hombre de la duradera voluntad propia, independiente, al que le es lícito hacer promesas -y, en él, una consciencia orgullosa, palpitante en todos sus músculos, de lo que aquí se ha logrado por fin y se ha encarnado en él, una auténtica consciencia de poder y libertad, un sentimiento de plenitud del hombre en cuanto tal. Este hombre liberado, al que realmente le es lícito hacer promesas, este se~or de la voluntad libre ¿cómo no iba a conocer la superioridad que con esto tiene sobre todo aquello a lo que no le es lícito hacer promesas ni responder de sí, cómo no iba a saber cuánta confianza, cuánto temor, cuánto respeto inspira -él <<merece>> las tres cosas- (...) El hombre <<libre>>, el poseedor de una voluntad duradera e inquebrantable, tiene también, en esta posesión suya, su medida del valor: mirando a los otros desde sí mismo, honra o desprecia; y con la misma necesidad con que honra a los iguales a él, a los fuertes y fiables (aquellos a quienes les es lícito hacer promesas), -es decir, a todo el que es avaro de conceder su confianza, que honra cuando confía, que da su palabra como algo de lo que uno puede fiarse, porque él se sabe lo bastante fuerte como para mantenerla incluso frente a las adversidades, incluso <<frente al destino>>-: con igual necesidad tendrá preparado su puntapié para los flacos galgos que hacen promesas sin que les sea lícito, y su estaca para el mentiroso que quebranta su palabra ya en el mismo momento en que aún la tiene en la boca. El orgulloso conocimiento del privilegio extraordinario de la responsabilidad, la consciencia de esta extra~a libertad, de este poder sobre sí y sobre el destino, se ha grabado en él hasta su más honda profundidad y se ha convertido en instinto, en instinto dominante.
|
ECCE HOMO (fragmentos)
Por Nietzsche |
Voy a a~adir ahora algunas generalidades relativas a mi arte del estilo. El sentido de todo estilo es transmitir un estado, una tensión interna del pathos mediante signos, incluyendo el ritmo de los mismos. Habida cuenta de que la multiplicidad de mis estados interiores es extraordinaria, tengo muchas posibilidades de estilo, la mayor diversidad de estilos de que un hombre ha dispuesto jamás.
Es bueno aquel estilo que transmite realmente un
estado interior, que no se equivoca en los signos, en su
ritmo, en los gestos; todas las leyes del periodo
pertenecen al arte de los gestos. Sobre este punto mi
instinto es infalible. Un buen estilo en sí es una
pura estupidez, un simple idealismo, algo similar a lo
bello en sí, a lo bueno en sí, a la cosa
en sí... Suponiendo, claro está, que haya oídos para
oir, que existan hombres capaces y dignos de un pathos
así, que no falten sujetos con quienes nos podamos
comunicar.
(...)
Si conservamos un mínimo de superstición, será difícil no
aceptar la idea de que no somos, realmente, más que una simple
encarnación, un simple instrumento musical, un simple
medium de fuerzas muy superiores. La idea de revelación
que responde a la realidad de los hechos, es la que concibe a
ésta como la visión o la audición repentina, segura e
indeciblemente precisa de algo que nos trastorna y conmueve
en lo más íntimo. Lo oimos, sin pretenderlo; lo tomamos, sin
preguntar quién nos lo da; el pensamiento refulge como un
rayo, necesariamente, sin ningún tipo de vacilación. Yo no he
tenido nunca que elegir. Se trata de un éxtasis cuya desmesurada
tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas; un
éxtasis en el que, sin querer, unas veces se precipita el
paso y otras se vuelve lento; un estar fuera de nosotros
mismos completamente, que nos deja la conciencia evidente de un
sinnúmero de delicados temores que hacen que nos estremezcamos
hasta los dedos de los pies; un abismo de felicidad en el que
el dolor y la tristeza extremos no actúan ya como antítesis,
sino como algo condicionado, exigido, como un color
necesario en el seno de esa superabundancia de luz; un
sentido instintivo del ritmo, que abarca todo un mundo de
formas: la amplitud, la necesidad de un ritmo dilatado
constituyen prácticamente la medida de la potencia de la
inspiración y una especie de contrapeso a su presión y a su
tensión. Todo sucede de una forma totalmente involuntaria, y,
en consecuencia, como si nos viéramos envueltos en un torbellino
de sensaciones de libertad, de soberanía, de poder, de divinidad...
Lo más curioso es la forma de imposición absoluta que alcanza
entonces la imagen, lo simbólico: se pierde toda idea; todo lo
que es imagen y símbolo se nos presenta como la manifestación
más próxima, más precisa, más simple. Realmente, da la sensación
-por decirlo con palabras de Zaratustra- de que las propias cosas
se acercan a nosotros y que se ofrecen para convertirse en
símbolo.
(...)
Esta es mi experiencia de la inspiración.
|
PRESAGIO
Eskorbuto |
|
TODO PERDIDO
Chinatown |
|
TODO VA BIEN Desechables |
|
RELATOS DESDE LA ESQUIZOFRENIA Por drenched |
Algo se apagó en su mirada, de repente la oscuridad bañó la habitación, hoy más fría que nunca. El sonido del reloj fue debilitándose hasta convertirse en un lejano eco, casi imperceptible. Las paredes, mudos testigos, parecían estrecharse sobre el cuerpo que yacía sobre la cama, debatiéndose entre la vida y la muerte.
II
Vive en una vieja casa medio derruida de la zona antigua de la ciudad, tiene jardín
y dos gatos. Junto a su cama una humilde mesilla sostiene los únicos recuerdos que le
quedan, un par de fotos, un abrecartas y polvo, mucho polvo, porque eso son sus recuerdos,
cenizas, escombros. No tengas miedo, el pasado nunca vuelve, respira.
La habitación es prácticamente su casa, sólo la abandona para cubrir sus necesidades
básicas, a veces ni siquiera para eso. Viejo cuarto de paredes agrietadas, blancas como
la pálida piel que cubre su rostro, la misma que ha olvidado el tacto del sol.
El otoño es su estación favorita, el rojo su color aunque su vida es gris. Y ahora,
después de casi treinta y dos años se da cuenta de que no hay esperanza, nunca la hubo,
cada noche mueren miles de ranas mientras nosotros seguimos vivos, el tiempo, el tiempo
pone todo en su sitio, es lo que suele decirse, pero el tiempo dejó de existir hace mucho
para él.
Las dos en el reloj, se sienta a la mesa y encara el plato de ensalada, esta vez no vas a poder conmigo, piensa, mientras devora los pequeños tomates, la lechuga y demás complementos. ¿qué pasa por la cabeza de un hombre solo? Su mirada se pierde tras los cristales, las gotas de lluvia arrastran cientos de partículas de polvo y se forma una especie de barro en el alféizar, el cielo se ha roto en mil pedazos, pero el cielo son sus ojos, sus ojos opacos, la opacidad que oculta una muerte trágica más o menos lejana.
Le gusta contemplar las líneas de sus manos, así pasa las horas, estudiando su enorme
contorno, sus dedos gruesos, la brutalidad pasiva que encierran sus nudillos, los arañazos
sobre la piel, las marcas que la vida va dejando, las que nunca se borran, las que nadie
percibe excepto él, con su mirada mágica, con su capacidad de percepción increíblemente
desarrollada. En el barrio le conocen todos, o todos creen conocerle, qué importa.
Es un lobo estepario.
III
Ya nadie recuerda su voz, sólo mantiene largas conversaciones con sus gatos,
conversaciones mudas, a través de caricias y miradas, sobre todo miradas. A veces sueña
ser uno de ellos y de repente puedes descubrirle lamiéndose la mano como si de un
animalillo indefenso se tratase, ¿acaso no lo es?
Su madre murió cuando él era niño, su padre es un viejo alcohólico que habita en algún
rincón perdido de la ciudad, a sus hermanas no las recuerda, nació solo y solo ha de
morir. Nunca ha mantenido una relación sentimental con nadie, el contacto es imposible,
no lo entendéis, sé que no y lo comprendo, hay que vivirlo para asimilarlo. Sufrir una
caricia (y digo sufrir, no disfrutar), sentir cómo los músculos se ponen rígidos cuando
alguien intenta abrazarte y la impotencia de no poder amar, de no saber amar, de no
querer hacerlo o no atreverse, quién sabe. Porque él no puede amar, salvo a sus gatos.
Es incapaz de sentir emoción alguna cuando alguien roza sus mejillas y, por supuesto,
tampoco puede llorar. Los sentimientos están muertos, eso es un pasaje directo a la
soledad, al abandono de la sociedad, en resumen, un pasaje a su habitación.
Pregúntale qué es el amor y te responderá que tiene frío.
IV
La noche es otro mundo. se acuesta en la cama encogido, como queriendo arrugarse hasta
desaparecer, muy quieto y es entonces cuando su cabeza se llena de voces que le recuerdan
que no está solo, sus fantasmas le acompañan, la habitación se llena de ecos, de
pensamientos en voz alta que él no pronuncia, de gente que conversa entre sí y entre
esos murmullos logra dormirse. La esquizofrenia le ha dejado en un pozo sin fondo y con
ambas piernas rotas.
"Es terrible no poder escuchar más que tus pensamientos, es la tortura del silencio"
|
DONDE ESTA EL PORVENIR
Eskorbuto |
|
LA RAZA DE LA RATA Subversion X |
|
CUALQUIER LUGAR Eskorbuto |
|
POISON
Motorhead |
|
MI ENFERMEDAD
Nuevo Catecismo Catolico |
|
LOS DEMENCIALES CHICOS ACELERADOS
Eskorbuto |
|
FIEBRE
Desechables |
|
MANIMAL
Germs |
|
CEMENTERIO CALIENTE + PELIGRO SOCIAL
Ultimo Resorte |
|
VUESTROS CARAMELOS ENVENENADOS
Subversion X |
|
EL JARDIN EXTRANJERO TNT |
|
HAY ALGO AQUI QUE VA MAL Kortatu |
|
AMODIOZKO KANTA (CANCION DE AMOR) Negu Gorriak |